HISTORIA DEL POBLAMIENTO

Los pobladores amerindios

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El primer asentamiento registrado en el Parque Nacional Natural Corales del Rosario y San Bernardo (PNNCRSB) corresponde a Barú, donde posiblemente se ubicaron los carex y los mahates (Ordosgoitia, 2011). Se presume que el área de la actual ciudad de Cartagena y los pueblos cercanos, conformaban el vasallaje del cacique Carex de Tierra Bomba, conformando una organización política definida por un señor principal, cuyo liderazgo e importancia inducía a que algunos de sus familiares de linaje entraran a conformar una organización más jerárquica y vertical” (Alcaldía de Cartagena, 2001 citado en Invemar, 2009).

El historiador Donaldo Bossa, afirma que el nombre de Barú fue asignado en honor a un cacique indígena llamado “Bahaire” (Durán, 2006), lo que ratifica que en la Isla Barú existía población organizada desde antes del descubrimiento. La información de los cronistas es confirmada por los hallazgos reportados de piezas de cerámica, consistente en figuritas, tiestos y vasijas, encontradas por los pobladores actuales de las islas, especialmente en dos zonas: Playa de los Muertos (Barú) y en el lugar donde se fundó el pueblo Orika en Isla Grande (Durán, 2006).

Para el archipiélago de San Bernardo, según los escritos de los conquistadores, “se registra la presencia de grupos aborígenes provenientes del continente (los tolú) y un poblamiento posterior, después de la conquista, a partir de extensas faenas de pesca que desde Barú, encontraban en el archipiélago una importante zona de capturas” (Invemar, 2009).

Lo anteriormente descrito lo corroboran los hallazgos arqueológicos en la isla de Múcura, de piezas de cerámica que se atribuyen a los caribe, familia indígena que habitó esta región. Sin embargo no se tiene información específica de este u otro grupo que permaneció en la zona (Ordosgoitia, 2011).

Los pobladores afrodescendientes

Con la fundación de la ciudad de Cartagena por parte de los conquistadores españoles y su posición de puerto de desembarque de esclavos, se incorporó al territorio un actor que fue determinante: la población traída del África como esclava. Ellos serán comprados por diferentes encomenderos para trabajar en las haciendas de la isla de Barú.

Barú, también es referenciado por cronistas como destino de los esclavos fugados o cimarrones “que al huir de la ciudad de Cartagena, se asentaban en territorio de difícil acceso y, junto con indígenas, conformaban las llamadas rochelas o palenques” (Durán, 2007). Al parecer el sitio donde se ubicaron fue la ciénaga de Barú o también llamada la “Cruz de Mayo” (PNN, 2009).

Este poblado fue una constante preocupación para las autoridades de la Corona y de la Iglesia, no solo por ser mano de obra “emancipada”, sino por considerar sus prácticas culturales y sociales, como “cultos paganos y demoniacos que debían ser reducidos a la normalidad” (Durán, 2007).

No existe información sobre la fecha de fundación del poblado de Barú, posiblemente su fundación se dio en la comisión dada a don Antonio de la Torre en 1774 para reunir a los habitante dispersos de los alrededores de Cartagena de Indias (González, 1978 citado en Ordosgoitia, 2011). La misma fuente cita a Solano (2007) que señala que para 1833, es nombrada parroquia. Para el año 1839 registraba una población de 673 habitantes y describe las diferentes actividades laborales de la población como eran: la pesca, la labranza y la navegación.

Lo anteriormente descrito confirma la influencia de los baruleros en la zona, y la migración de ellos hacia las islas del Rosario. Se sabe que estas eran usadas por los pescadores para pernoctar y fabricaban ranchos. Este desplazamiento se puede observar en la Figura 2-1.

FIGURA 2-1. A) MIGRACIONES HISTÓRICAS DE PUEBLOS AFROCOLOMBIANOS DESDE BARÚ HACIA ISLA GRANDE. B)MIGRACIÓN A LAS ISLAS DEL ARCHIPIÉLAGO DE SAN BERNARDO, DESDE EL CONTINENTE.

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Fuente: Ordosgoitia (2011.)

El poblamiento en el archipiélago de San Bernardo, particularmente en la Isla Múcura y el Islote, es producto de la migración de población afrocolombiana que venía de distintos lugares. Para la isla de Múcura las fuentes apuntan, que un porcentaje alto de la población actual llegó de las costas de Sucre, en particular de las localidades de Rincón del Mar, Berrugas y Santiago de Tolú (Ordosgoitia, 2011); como se puede observar en la Figura 2-1.

“El establecimiento de la comunidad de pescadores de El Islote en las islas de San Bernardo puede trazarse a partir de la llegada de colonizadores provenientes de Barú, quienes a partir de 1860 comenzaron a frecuentar las islas durante los meses de invierno. Estos colonizadores venían a formar pequeñas fincas de coco en Tintipán y Múcura, igualmente se dedicaron a la caza de tortugas, abundantes para la época” (Invemar, 2006).

Esto coincide con la información recogida por Ordosgoitia (2011) a través de las narraciones orales de la comunidad, donde se establece que los primeros pescadores en llegar al área y asentarse de manera permanente, hace aproximadamente 200 años, vinieron desde Barú. Se cree que se escogió este islote como asentamiento permanente de pescadores y sus familias por ser una pequeña isla de origen coralino con poca vegetación, y por consiguiente con pocos insectos, como mosquitos y jejenes.

Relaciones de la población afrodescendiente con el territorio, mediada por su relación con otros actores

A través del tiempo este territorio ha sido ocupado por diferentes sujetos, herederos de unos conocimientos, sabidurías y necesidades particulares, que les permiten relacionarse con el entorno físico de manera diferente, y con esos otros que están en él. Esta herencia es cambiante, no es constante, ya que está determina por factores sociales, económicos, políticos y culturales. La relación entre los sujetos es variable y en muchas ocasiones es conflictiva.

Durante la época de la Colonia (en mayor medida) y las primeras décadas del siglo XX, los archipiélagos de Nuestra Señora del Rosario y de San Bernardo hicieron parte de la dinámica comercial y marítima que se desarrolló en toda esta zona, desde la Guajira hasta el Darién-Panamá. Los puertos y las islas fueron fundamentales en la actividad económica donde se compraban y se vendían productos locales y extranjeros. El comercio no solo fue lícito, también el contrabando fue un dolor de cabeza para las autoridades. Un ejemplo de esto se referencia en los archivos de la aduana de Cartagena, donde en 1866 se clama por la necesidad de recurrir a varios buques guardacostas para atacar el contrabando de las distantes y despobladas islas del Rosario. “El golfo de Morrosquillo era parte de la zona cubierta por el resguardo de la aduana de Cartagena y esta asumía las correrías con sus guardas y barcos (…). Concretamente en octubre de 1870, una de las rutas que sigue el resguardo de Cartagena fue Bocachica, Barú, Boquerón, islas de San Bernardo, Zapote, Tolú e islas del Rosario” (Muriel, 2011).

Relaciones de producción; El monocultivo del coco

Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, la siembra del cultivo del coco en esta zona insular, y continental fue muy importante. Tanto es así que se reseña a la empresa W.E.C Dicken & Co desde 1924, como productora de aceite de coco con sede en la ciudad de Cartagena. Ellos sembraban en Acandí (Chocó) y compraban gran parte de la producción desde sus plantaciones hasta Cartagena.

Hasta antes de 1890 la organización agrícola de los nativos en la isla de Barú giró alrededor del autoabastecimiento y el trueque. Pero el cultivo y la recolección del coco llevó a la comunidad a un sistema de colonato. “La particularidad que encierra este proceso de compra radica en el talante de agrupación de uso de la tierra, organizado bajo la modalidad comunal” (Martínez & Flores, 2010). Esta relación de trabajo asociativo para el beneficio común, se reflejaba en lo que se llamó el cambio de mano, que consistía en intercambiar los días y los lugres de trabajo entre los miembros del grupo, de manera equitativa. Los mismos autores señalan que en las islas del Rosario residían quienes cuidaban las fincas de coco y los trabajadores que pernoctaban durante las jornadas de recolección del fruto.

Lo anteriormente señalado lo confirma los relatos de los nativos de hoy (Durán, 2007), cuando relatan que para la misma época, los terrenos de las islas del Rosario fueron utilizados para el cultivo de palmas de coco, y la recolección estaba a cargo de los mismos nativos que trabajaban jornales de varios días, recogiendo los cocos en sacos y cargándolos en burro hasta un lugar de acopio donde eran acumulados y llevados a Cartagena por vía marítima.

En el archipiélago de San Bernardo, a finales del siglo XIX, la producción de coco de manera extensiva permitió el establecimiento de colonos de manera permanente. “Tal establecimiento fue probablemente inducido cuando la producción de las fincas de cocos alcanzó un nivel alto de rendimiento económico que implicó una vigilancia y un trabajo constante para los años de 1875 y 1885, significando una mayor población y una adecuación del área para la construcción de casas (Heckadom, 1970). Por un período de unos 30 años, hasta comienzos del siglo XX, la vida económica de la comunidad dependió exclusivamente de la producción de las fincas, venta de conchas de carey, venta o intercambio de las tortugas verdes y pescado seco” (Invemar-UAESPNN-NOAA, 2006).

Por su importancia económica, y por ser la zona insular un sitio adecuado para la siembra, esta actividad se convirtió en una de sus principales fuentes de ingreso económico para las poblaciones allí asentadas. Pero en los años 50 llega una plaga llamada “la porroca” que afecto a la mayoría de los cocoteros y por ende la actividad económica de los pobladores, hasta acabar con esta actividad. Otra actividad de gran importancia en la historia de la ocupación fue la generación de carbón vegetal producido por la quema de mangle colorado, cuyos principales consumidores fueron las ciudades Cartagena y Tolú.

Una vez menguada la producción de coco a causa de esta plaga, los nativos acabaron con este monocultivo. “La pérdida de la oferta de coco en esta área incentivó un nuevo tipo de actividad, representada por el tráfico marítimo entre las regiones de la Costa Atlántica hacia Panamá, esto generó un aumento considerable en el tráfico de contrabando. Esta actividad demandó la necesidad de contratar numerosos plazas de marineros, mano de obra proveniente de los jóvenes de la comunidad del Islote. Lo anterior cambió la configuración de la actividad económica de algunos habitantes en el cargo de tripulantes de las embarcaciones de contrabandistas hasta el año de 1960, cuando la actividad disminuyo de manera significativa por el control impuesto por la oficina de aduanas” (Invemar-UAESPNN-NOAA, 2006).

La población nativa asentada en las islas del Rosario y de San Bernardo, paso de una economía local de autoabastecimiento y trueque, a un modelo de producción intensiva, como fue el monocultivo del coco. Esta actividad marca el inicio de unas relaciones de producción capitalista, donde la población nativa asumió los riesgos de producción y comercialización (en manos de pocos compradores), hasta quebrarse. Después de esto fue el contrabando la opción de sobrevivencia.

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El turismo en los archipiélagos de Nuestra Señora del Rosario y de San Bernardo, como nuevo enclave económico

A finales de los años 60 comenzaron a llegar a las islas del Rosario, personas que en su mayoría eran del interior del país, interesadas en la pesca y disfrute de los atractivos visuales del área. Algunas de estas personas compraron a los nativos los terrenos que estaban en las orillas de las islas; “En este proceso de compra y edificación de casas de recreo, los propietarios nativos pasaron a ser cuidanderos y empleadas domésticas de los nuevos dueños. Otros nativos se dedicaron al ‘rebusque’ ofreciendo servicios como la construcción y la albañilería, la venta de mariscos, la oferta de transporte y deportes náuticos y la elaboración y venta de artesanías a los visitantes. Muchos prefirieron irse a Cartagena a invertir el dinero en una casa y buscar el porvenir de su familia” (Durán, 2007).

Los nativos que se quedaron en las islas “(…) empezaron a ubicar sus viviendas hacia el interior de la isla, distribuyéndose en diferentes sectores de Isla Grande (…) y de esta forma se originaron el caserío de Petares, así como asentamientos de personas dispersas en otros sectores denominados, El Mamón, La Punta, o El Pueblito” (Figura 2-2) (Ordosgoitia, 2011).

FIGURA 2-2. LOS DIFERENTES ASENTAMIENTOS HUMANOS DE ISLA GRANDE EN LOS AÑOS 80.

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Fuente: Adaptado de Ordosgoitia (2011).

Las actividades turísticas en las islas se van fortaleciendo a partir de los años 80, cuando algunos de estos “propietarios” foráneos convirtieron sus casa de recreo en hoteles y otros crearon empresas turísticas que desde Cartagena transportaban bañistas a las playas de las islas del Rosario y de Barú (Durán, 2007).

A esta nueva actividad económica que se empezó a desarrollar en las islas, se sumaron personas vinculadas con el negocio del narcotráfico. La relación que ellos establecieron con los nativos generó, para estos una “bonanza” al recibir grandes sumas de dinero, tanto por los servicios que ellos prestaban (ventas de productos, mano de obra en la construcción, atención doméstica, etc.), como por la venta de lotes frente a la playa (Durán, 2007). “En la mayoría de las islas que conforman el archipiélago se construyeron ostentosas casas que en su mayoría demandaron recursos de la zona para su construcción; es así que los nativos ofrecían sus servicios para las nueva construcciones extrayendo con barretas colonias de coral, principalmente de la barrera norte del archipiélago, para la construcción de los cimientos y paredes de las casas, lo cual deterioró e impactó de manera significativa los arrecifes coralinos” (Ordosgoitia, 2011).

El impacto también fue para los nativos como lo analiza Durán (2007). La actitud de los nativos frente a la “bonanza” es vista como un fenómeno externo que llegó para generar cambios en la vida social y beneficios económicos, pero cuando pasa: “La bonanza deja sus estragos en la población, ahora el costo de la vida es mucho mayor (…)” (Durán, 2007). Los estragos económicos se ven en la inflación de los productos y el sobrevalor de la mano de obra.

Al igual que en las islas del Rosario, “hacia los años 70, se iniciaron las primeras compras de los terrenos de Isla Múcura por parte de familias de otras partes del país. Dentro de los primeros sitios construidos en la isla se encuentra Puerto Viejo, una de las casas de recreo ubicada en la parte norte de Isla Múcura, y uno de los primeros hoteles de lujo construido en este mismo sector fue el Hotel Punta Faro” (Ordosgoitia, 2011) . En la actualidad es uno de los lugares turísticos más importantes del área por la cantidad y constantes visitantes durante todo el año; también son empleadores de un buen número de habitantes del archipiélago de San Bernardo.

El desarrollo turístico no marca la actividad económica en la zona, como si ocurre en islas del Rosario, para el archipiélago es la pesca. En el archipiélago de San Bernardo, “la pesca se realiza con fines de subsistencia y de intercambio comercial principalmente dentro de los límites del parque. No obstante, la pesca capturada se destina a suplir actualmente en una mayor proporción la demanda de Tolú y el consumo local. En un porcentaje significativo según el monitoreo socioeconómico, más del 80 % de las familias depende de la pesca como principal ocupación generadora de recursos, en muchos casos los pescadores también se desempeñan simultáneamente en actividades complementarias relacionadas con el turismo, la celaduría en casas de recreo y oficios varios” (Invemar-UAESPNN-NOAA, 2006).

El nacimiento de la organización comunitaria

Entre los años 2001 y 2002, algunos terrenos de Isla Grande fueron expropiados por el Estado en los procesos de incautación de bienes al narcotráfico; uno de ellos se entregó a la Armada Nacional para su administración, de nombre “Éxtasis”, el cual comprendía una extensión amplia de terrenos en esta isla. Este hecho crea una situación coyuntural que, “fue aprovechada de manera espontánea por familias nativas de este archipiélago y de Barú, quienes reubicaron sus viviendas al interior de esta área, dando surgimiento al poblado que hoy día tiene por nombre ‘Orika’, este nombre fue dado en honor a la hija de Domingo Benkos Biohó, quien fue un líder afrodescendiente que defendió los derechos de las comunidades negras de la región” (Ordosgoitia, 2011).

De acuerdo a lo expuesto por Durán (2007), la necesidad de un pueblo no solo es cuestión de ordenamiento y reubicación de las viviendas. La formación de los líderes comunitarios y el fortalecimiento del consejo comunitario, fueron los primeros pasos para fundar el poblado. Se evidencia una necesidad colectiva de agruparse, consolidarse y legitimarse como grupo nativo afrodescendiente, frente a los otros actores (empresas de turismo, instituciones estatales) que actúan en el territorio y que representan distintos intereses, muchas veces en conflicto con la comunidad.

Para el caso del archipiélago de San Bernardo, la presión sobre las islas no es tan fuerte como en las islas del Rosario, quizás por eso la comunidad solo se ha organizado a partir del año 2010, como lo informa Alexander Atencio, representante legal del Consejo Comunitario del Islote. El Consejo ha iniciado un proceso de fortalecimiento para consolidarse como una organización clave para la gestión de iniciativas que promuevan los intereses de su comunidad y consolide la participación social (TNC-Invemar, 2012).

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