REFLEXIÓN SOBRE LA IMPORTANCIA DE ALGUNOS INDICADORES AMBIENTALES PARA LOS ARCHIPIÉLAGOS DEL ROSARIO Y SAN BERNARDO, CARIBE COLOMBIANO

AUTOR: Mateo López-Victoria

Un indicador aporta información sobre fenómenos o procesos de mayor escala y significancia que la(s) variable(s) medida(s) por el indicador mismo, es decir, ofrecen una pista, a partir de mediciones puntuales y limitadas, sobre asuntos de mayor envergadura y complejidad. Aunque su nivel de complejidad puede variar, un indicador ambiental aporta generalmente una métrica, que se compara con un patrón general o estándar, o con la variabilidad de un sistema dado, que ha sido cuantificada por largos períodos de tiempo (Hammond et al. 1995, Stanners et al. 2007, EEA 2012).

Es recomendable distinguir entre algunos tipos básicos de indicadores ambientales, ya que su utilidad es diferente, como lo es su aplicabilidad a distintos sistemas y procesos. A grandes rasgos, existen los siguientes indicadores: a) de estado, de impacto, de tendencia, de presión, de respuesta y de efectividad (Stanners et al. 2007, EEA 2012). Para que un indicador sea útil, debe cumplir con algunos requisitos, tales como cuantificar información cuya significancia sea aparente (evidente), simplificar la información con el fin de que ayude a comunicar fenómenos complejos, tener presente a los usuarios para que ayude a compilar la información de interés para la audiencia deseada, ser relevantes políticamente (sensu lato) y basados en metas u objetivos específicos (para que ayuden a guiar la toma de decisiones y midan el progreso hacia los objetivos definidos), tener validez científica, responder a cambios en el espacio o el tiempo, ser sencillos y fáciles de entender por la audiencia a quien están destinados, y estar basados en información que puede ser recolectada dentro de límites realistas de tiempo (modificado a partir de Cohen & Burgiel 1997).

En un contexto internacional, diversos tratados y convenciones vienen obligando a las naciones firmantes a comprometerse con el desarrollo sostenible (Balmford et al. 2005, Lee et al. 2005, ONU 2012, Henle et al. 2013). A pesar de ello, y aunque el desarrollo sostenible se ha convertido en las últimas décadas en uno de los objetivos comunes de la humanidad, ni las metas inicialmente planteadas se han podido cumplir, ni se están invirtiendo los recursos que tal objetivo amerita (ONU 2012). Hay suficiente evidencia sobre la relación directa y positiva entre la calidad ambiental y el bienestar humano (de Groot et al. 2012), e incluso se han hecho muchas estimaciones sobre el valor que tienen la naturaleza y los servicios que prestan los ecosistemas naturales para la humanidad (Westman 1977, Costanza et al. 1997, de Groot et al. 2012). En términos generales, se acepta que tales servicios se clasifican en (siguiendo a de Groot et al. 2012): servicios de provisión (e.g., agua, alimentos, fibras), de regulación (e.g., clima, agua, enfermedades), de tipo cultural (e.g., espiritual, recreación, educación) y de soporte (e.g., producción primaria, formación de suelos).

En el año 2002 se publicaron en Colombia los resultados de un ejercicio que persiguió la creación de un sistema unificado y nacional de indicadores ambientales, que fue pensado como una iniciativa para generar una línea base ambiental para el país (SIAC 2002a, b), que diera cuenta del estado de esos recursos naturales y una perspectiva hacia el desarrollo sostenible. Incluyó muchos componentes bióticos y abióticos de la naturaleza y fue planificado para ejecución a nivel nacional. Esta iniciativa estuvo circunscrita en su momento a la disponibilidad técnica disponible a nivel nacional y a los lineamientos políticos del contexto internacional (incluido el Convenio sobre Diversidad Biológica, entre otros).

Los archipiélagos del Rosario y San Bernardo no han sido ajenos a los procesos de deterioro y dinámicas de cambio en el uso del suelo y de los recursos de una región tan densamente poblada, y sometida a tantos factores de estrés, como el Caribe. Las dinámicas de erosión costera, el incremento paulatino en el nivel del mar, la tala de manglares, las edificaciones y movimientos de tierra, el deterioro de los arrecifes coralinos, la sobreexplotación pesquera, los dragados, la sedimentación, la eutrofización y el incremento en el turismo, por mencionar algunos, son factores que vienen causando un creciente deterioro de las islas que componen estos dos archipiélagos continentales del Caribe colombiano y las áreas coralinas, de manglares y de pastos marinos aledaños. Con el ánimo de brindar una reflexión general sobre algunos indicadores ambientales de pertinencia para estos dos archipiélagos, este manuscrito: a) presenta tres de esos indicadores, resaltando su importancia para el caso de los archipiélagos, b) analiza las fortalezas y debilidades de cada uno, con base en criterios específicos, y c) sugiere algunas acciones encaminadas a mejorar la valoración del estado ambiental de los archipiélagos, con miras a su desarrollo sostenible.

Esta publicación responde a una invitación para participar en el “Primer Simposio Internacional para la Administración Sostenible de los Archipiélagos Islas del Rosario y San Bernardo”.

Área de estudio
Los archipiélagos del Rosario y San Bernardo están ubicados sobre la plataforma continental del Caribe colombiano, en frente de las costas de los departamentos de Sucre y Bolívar (Figura 1). Se trata de islas de origen coralino, emergidas hoy en día como consecuencia de diapirismos de lodo, acreción arrecifal y cambios en el nivel del mar, ocurridos en tiempo geológico (Díaz et al. 2000, López-Victoria & Díaz 2000, Cendales et al. 2002). El archipiélago de San Bernardo está compuesto por nueve islas y un islote artificial, con una superficie emergida aproximada de 4,5 km2 y un área total con formaciones coralinas de aprox. 213 km2. En estas islas viven cerca de mil personas, que derivan parte de su sustento de la pesca, el turismo y el trabajo como agregados de fincas de recreo. La mayor parte de la población vive en el islote artificial de Santa Cruz (Díaz et al. 2000, López-Victoria & Díaz 2000). El archipiélago de las islas del Rosario está compuesto por 28 islas, con una superficie emergida aproximada de 4,2 km2 y un área total con formaciones coralinas de aprox. 145 km2. La población permanente de las islas del Rosario es cercana a las mil personas, que también derivan parte de su sustento de la pesca, el turismo y el trabajo como agregados de fincas de recreo (Díaz et al. 2000, Cendales et al. 2002).

Figura 1. Mapa con la ubicación aproximada en el Caribe colombiano de las islas del Rosario y San Bernardo, y mapas detallados con la forma y ubicación aproximadas de las islas principales que conforman cada uno de los archipiélagos. Las islas de mayor tamaño y los detalles costeros han sido omitidos por efectos prácticos.

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Metodología
A partir del trabajo realizado para la generación del primer grupo de indicadores ambientales para Colombia (SIAC 2002b) se revisaron los criterios para el caso específico de tres de esos indicadores (arrecifes coralinos, manglares y praderas de pastos marinos), con el fin de verificar su pertinencia y viabilidad para el caso específico de los archipiélagos de las islas del Rosario y San Bernardo. Los ocho criterios tenidos en cuenta para el análisis fueron aquellos descritos en la introducción (siguiendo a Cohen & Burgiel 1997). En primer lugar se hizo una síntesis descriptiva de cada uno de los indicadores para luego identificar las fortalezas y debilidades de cada indicador, a la luz de los criterios escogidos.

Resultados

Indicador del estado de conservación de los arrecifes coralinos
Este es un indicador de estado, que permite también mirar tendencias en el tiempo. Consiste en una proporción entre la cobertura de tejido coralino vivo (CVI) con respecto al total del sustrato duro (SD). La cobertura de tejido vivo de los corales es ampliamente aceptada a nivel mundial como la principal variable para establecer el estado de “bienestar” de un área coralina, ya que son los corales duros (Cnidaria; ppal. Scleractinia) los principales constructores del andamiaje arrecifal, y cuyo deterioro afecta toda el ecosistema (Gardner et al. 2003, Hughes et al. 2003, Wilkinson 2004). Por ser un indicador ampliamente utilizado, permite realizar comparaciones con otros arrecifes, sobre todo cuando no se tiene un ámbito de variación de las áreas coralinas de un país.

Considera dos variables, la cobertura del tejido coralino vivo y la cobertura del sustrato duro. El indicador arroja el porcentaje del sustrato duro total que está ocupado en el momento de la medición por tejido coralino vivo, y se hace con relación al sustrato duro, ya que en los fondos blandos (p. ej., arenosos) no resulta fácil el asentamiento de los corales. La fórmula del indicador es bastante sencilla:

ICcorales=CVI/SD*100

La cobertura de tejido coralino vivo (CVI) se mide como el número de eslabones correspondientes a tejido coralino vivo de corales pétreos, que se encuentra bajo una cadena estirada sobre el contorno del arrecife en línea recta, en estaciones específicas (fijas) y a varias profundidades, en las diferentes áreas coralinas. El valor resultante para CVI es el promedio de las coberturas, discriminado según se necesite el nivel de detalle (e.g., por estaciones, por profundidades o para toda el área). La cobertura de sustrato duro (SD) corresponde al número de eslabones correspondientes a todo el sustrato duro (incluida la cobertura de tejido coralino), que se encuentra bajo una cadena estirada sobre el contorno del arrecife en línea recta, en estaciones específicas (fijas) y a varias profundidades en las diferentes áreas coralinas. El valor resultante para SD es el promedio de las coberturas, discriminado según se necesite el nivel de detalle (ver detalles de los métodos en Garzón-Ferreira et al. 2002).

Hay que tener en cuenta que las técnicas de medición implican un error que influye en la interpretación de los resultados. Las diferencias numéricas entre un año y otro deben ser estadísticamente significativas. También se pueden realizar comparaciones con base en un año de evaluación patrón o con respecto a un umbral. La valoración de este indicador se puede realizar anualmente, arrojando resultados confiables y comparables a escala regional. Ya que implica mediciones directas en campo, constituye información de primera mano que es fácilmente complementada por otras observaciones in situ y literatura publicada.

En Colombia ya existen series de datos para ambos archipiélagos, como resultado del monitoreo del Sistema de Monitoreo de Arrecifes Coralinos de Colombia (SIMAC), liderado por el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (INVEMAR), con el apoyo del Sistema de Parques Nacionales Naturales y el Centro de Investigaciones CEINER, entre otras entidades. Gracias a este programa de monitoreo a largo plazo se cuenta con series de tiempo y documentación publicada e inédita que da cuenta del estado de los arrecifes en esta región del país (Rodríguez-Ramírez et al. 2010).

Indicador del estado de conservación de manglares
Este es un indicador del estado de conservación del manglar, y sirve también para reflejar algunas dinámicas temporales del sistema. Se conoce en la literatura científica como el Índice de Complejidad de Holdridge (ICH) (Holdridge et al. 1971, Pool et al. 1977, Holdridge 1978), y se enfoca en el grado de desarrollo del bosque, lo que puede ser interpretado como su estado de conservación, si se parte de la premisa de que un bosque con buenos niveles de desarrollo soporta una biodiversidad mayor y ofrece más y mejores servicios ecosistémicos, mientras que uno pobremente desarrollado ofrece servicios limitados y presenta poca biodiversidad. Es un índice bastante “viejo”, pero que se mantiene vigente y cuenta con buena aceptación por parte de la comunidad científica especializada, sobre todo porque no existe un consenso sobre el mejor indicador para establecer el grado de conservación de este tipo de ecosistemas. El estado de conservación permite llevar un control sobre la calidad de los manglares periódicamente, lo que constituye una herramienta útil para programar el uso de este recurso o la necesidad de medidas para su conservación. Por tratarse de un índice no tiene unidades y la formula es:

ICH=((h*a*d*s))/1000

Donde h es igual a la altura promedio de árboles de la parcela, a es el promedio del área basal de esos árboles, d es el promedio de la densidad (# de troncos / 0,1 ha) y s es el número promedio de especies / 0,1 ha. Ya que la cobertura de manglares en los archipiélagos es muy reducida, resulta difícil hacer estimaciones con base en valores promedios (en muchas de las islas solo cabe una parcela de 0,1 ha). Por ende, este índice se convierte en una medida para hacer comparaciones al interior de las mismas parcelas en el tiempo. Estas parcelas, por el tamaño de los parches de manglar en las islas, deben ser fijas. Hay que tener en cuenta que las técnicas de medición de cada uno de los indicadores que conforman el índice implican un error que influye en la interpretación de los resultados. Las diferencias numéricas entre un año y otro deben ser estadísticamente significativas. También se pueden realizar comparaciones con base en una parcela estándar o patrón, pero se debe conocer primero la variabilidad de este ecosistema en las islas, o fijar, con respecto a manglares aledaños en buen estado de conservación unos umbrales de estructura superiores e inferiores.

Por tratarse de un índice que mide variables estructurales a partir de cierto tamaño de árboles (relacionada con los componentes tridimensionales del manglar), no tiene en cuenta algunos procesos de regeneración en estadios de sucesión tempranos (árboles pequeños). Para sopesar los problemas relacionados con la exclusión de los estadios tempranos de sucesión y regeneración natural, se propone una modificación al índice que consiste en incluir árboles a partir de 2,5 cm de diámetro a la altura del pecho (DAP), en vez de escoger solo a partir de 10 cm de diámetro (como originalmente está planteado). La valoración de este indicador se puede realizar anualmente.

Indicador del estado de conservación de praderas de pastos marinos
Se trata de un indicador del estado de conservación de las praderas de pastos marinos a partir de la medición de la densidad de vástagos, indicador que también se puede emplear para mirar tendencias en el tiempo. Este indicador se puede considerar como una medida parcial del estado estructural de los pastos y, de forma indirecta, como un indicador de su productividad. Por ello puede ser interpretado como medida parcial del estado de conservación. Se trata de un indicador fácil de medir y que presenta menos variaciones a corto plazo que otras de las medidas estructurales propias de los muestreo en pastos marinos (e.g., biomasa foliar, ancho y largo foliar, entre otras).

Conceptualmente, al comparar este indicador año tras año, las fluctuaciones entre los valores estarían representando variaciones en el grado de conservación de las praderas, aunque deben lograrse primero series de tiempo que ofrezcan una idea de las variaciones naturales del sistema. Entre la comunidad científica especializada aún no existe un consenso sobre el indicador ideal para establecer el grado de conservación de este tipo de ambientes, siendo claro para todos la necesidad de un índice compuesto a partir de dos o más variables, que incluyan, entre otras, densidad, biomasa foliar y tasa de regeneración. La ecuación del indicador es:

ICpastos=(# promedio de vástagos)/m^2

Los datos se toman en campo a partir de parcelas que no necesariamente deben ser fijas, pero sí ubicadas en el mismo sector, año tras año, incluyendo varios sectores de los archipiélagos. Hay que tener en cuenta que las técnicas de medición implican un error que influye en la interpretación de los resultados. Las diferencias numéricas entre un año y otro deben ser estadísticamente significativas para poder sacar conclusiones bien fundamentadas. También se pueden realizar comparaciones con base en una parcela estándar o patrón, pero se debe conocer primero la variabilidad de este ecosistema en las islas, o fijar umbrales, como se propone para el caso de los manglares.

Las praderas se caracterizan por su alta variación a corto plazo, razón por la cual es prudente conocer muy bien la dinámica de cada una y tomar los datos en la misma época del año. Adicionalmente, por tratarse de un indicador que mide una sola de las variables estructurales (relacionada con los componentes tridimensionales de la pradera), no tiene en cuenta otros aspectos muy importantes característicos de estos ambientes, tales como fauna asociada, epifitísmo, productividad primaria foliar, entre otros (Ronald & McRoy 1990). La valoración de este indicador se puede realizar anualmente.

Análisis y discusión
Muchos autores han destacado que no existe el indicador perfecto, y que el empleo de indicadores no reemplaza los estudios complejos que están en condiciones de describir mejor un sistema de estudio y los procesos que lo gobiernan (Hammond et al. 1995, Stanners et al. 2007, EEA 2012). Es necesario recordar que los indicadores son concebidos como formas simplificadas de medir algún atributo de un sistema, de tal forma que se obtengan indicios sobre lo que pasa a mayores escalas (Hammond et al. 1995, Cohen y Burgiel 1997, Stanners et al. 2007, EEA 2012). No obstante estas salvedades, se han definido al menos ocho criterios o requisitos que debe cumplir un indicador, para poderlo considerar de utilidad (Tabla 1).

Tabla 1. Análisis de los indicadores de estado de arrecifes coralinos, manglares y pastos marinos, para los archipiélagos del Rosario y San Bernardo, siguiendo los criterios que definen a un buen indicador, según Cohen y Burgiel (1997).

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Es claro que para el caso de los archipiélagos del Rosario y San Bernardo los tres indicadores presentados son de gran relevancia y pertinencia, considerando que se trata de islas y bajos de origen coralino, donde los principales y más extensos ecosistemas son arrecifes, manglares y pastos marinos. No solo son esos tres ecosistemas los que ofrecen la mayor cantidad y calidad de servicios ecosistémicos, sino que entre sí son altamente interdependientes. Es conocida la estrecha relación que guardan unos con otros, sobre todo porque varios grupos de organismos, muchos de ellos de gran interés comercial, pasan una parte de su ciclo de vida en cada uno de esos sistemas (Baez et al. 2002). Teniendo esto en mente, y con base en la nutrida literatura científica que demuestra la interdependencia de estos tres ecosistemas, cualquier iniciativa de conservación, manejo y desarrollo sostenible en los archipiélagos del Rosario y San Bernardo tiene que incluir las áreas de arrecifes, manglares y pastos marinos de la región. En este sentido son de particular importancia estos ecosistemas en Barú y en las bahías de Cartagena y Barbacoas, para el caso de las islas del Rosario, y todo el sistema de ciénagas y pastos marinos del Golfo de Morrosquillo, para el caso de las islas de San Bernardo. Cabe anotar también la importancia del Bajo Tortugas, ubicado entre ambos archipiélagos. El bienestar y desarrollo sostenible de los archipiélagos debe estar integrado a los planes y perspectivas de desarrollo de toda la región.

Por último, es necesario hacer una reflexión sobre el panorama conceptual del que hacen parte los indicadores presentados, para poder comprender mejor su utilidad y limitaciones. El uso de esos indicadores debe ser parte de programas a largo plazo, libres en lo posible de afanes políticos cortoplacistas, y deben hacer parte de un programa de monitoreo. Para el caso del indicador del estado de conservación de arrecifes coralinos esto ya es una realidad, ya que hace parte del SIMAC, con datos y continuidad de más de una década (Garzón-Ferreira et al. 2002, Rodríguez-Ramírez et al. 2010). Aprovechando ese bagaje, resulta más fácil asimilar un modelo conceptual basado en este ecosistema (Figura 2).

Figura 2. Modelo conceptual del arrecife coralino, indicando las principales presiones y dinámicas a las que está sometido, los servicios ecosistémicos que provee y los procesos que son susceptibles de ser monitoreados, y para los cuales son de gran utilidad indicadores ambientales (triángulos con el signo de exclamación). Modelo construido y modificado a partir de varias fuentes, principalmente EPA (2012) y McManus y Polsenberg (2004).

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En el modelo de la Figura 2 es claro que existen muchos factores que afectan el estado de conservación de un arrecife coralino (ver López-Victoria & Zea 2004, para las islas del Rosario), y que medir y cuantificar todos esos factores es una tarea titánica, con serias limitaciones para ser llevada a cabo en su totalidad. Es por eso que se emplean indicadores que al menos ofrezcan un indicio o llamado de atención sobre lo que puede estar pasando. Sobre todo es importante resaltar que para encontrar las causas del deterioro se deben hacer estudios puntuales, detallados, basados en premisas sólidas y considerando la mayor cantidad de variables posible. En este sentido cabe recordar que un indicador es, por definición, una medida simplificada, a partir de una o pocas variables, que ofrece un indicio sobre procesos de mayor envergadura y que operan a escalas mayores.

Conclusiones

• Los tres indicadores seleccionados, definidos en el año 2002 por el SIAC, mantienen su vigencia y relevancia para ser usados como indicios del estado de conservación de arrecifes coralinos, manglares y pastos marinos en los archipiélagos del Rosario y San Bernardo.
• No hay limitaciones de importancia para los tres indicadores escogidos, salvo la relativa complejidad del ICH, para el caso de algunos de los potenciales usuarios de esa información.
• Es imperativo reconocer las limitaciones de los indicadores para explicar estructuras y fenómenos en ecosistemas complejos, como los tres escogidos, y es necesario resaltar la necesidad de complementar la información con investigaciones de fondo.

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